Gólgota
Ni sé cómo los demonios de la anhedonia
pasaron por mi umbral.
Si se me trepaban por los oídos los descastaba.
Si se me cruzaban entre los dedos, enroscándose
a los anillos, los sacudía.
Si se me caían y me caían tumultuosos y densos
por el costado derecho de las costillas cuasi quebradas,
los alejaba rigurosamente.
Aun cuando insistentes me ataban a la cama
y al suelo más áspero,
los desoía: aferrarse a la luz aunque impugnaran
la luz: la carta de guía.
.
Claro que no pude con su silencio violento.
E insidiosos siempre me aturdían murmurando, callados;
y callados, me atormentaban las cicatrices.
Y aun más callados, me fueron comiendo
férvidos de a poco el corazón,
hasta que dije vade retro
con agua suavísima habiéndolos bendecido
-qué otra cosa podría haber concebido;
a posteriori
atranqué los postigos de las ventanas
hasta que me sangraron las manos
-¡qué otra cosa podría haber concebido!
Ni bien hube cerrado con todo el peso de treinta y ocho llaves
la puerta entreabierta
-qué otra cosa podría haber concebido-
reviví a la fosforescencia del encanto.
.
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